Istanbul se acerca a Europa a la misma velocidad que se aleja de Asia, pero su tren se ha anclado en tiempos del Orient Express. Ya no es necesario abrir las ventanas del tren para recibir la brisa del Mármara, ahora ésta entra por sus puertas.
Las manecillas del Nacar marcaban las 9 menos cuarto, pero ya llevaba girados la del minutero 270º desde que el abuelo había tomado asiento, en su diaria visita matutina al andén, de su Sirkeci station. El Nacar había pasado a ser el motor que marcaba el ritmo de sus ya lentos movimientos.
No solo sonaban, 5 veces, los cánticos de los altavoces de los minaretes, llamando a la oración, las tardes estambulescas; el jazz americano también amenizaba la concurrida Istiklal caddesi.
El primer ministro turco Recep Tayyip Erdogan como buen funambulista debe de mantener el equilibrio entre el Oriente y el Occidente y cuidarse, como bien indica la DGT turca, de no dar un giro a la derecha.
En el patio de la mezquita Fatih Camii, sentados en los escaños de la fuente de abluciones, estos ancianos turcos sustituían el aseo religioso por una animada charla social para oxigenar su mente.
No hay mejor entrada en Istanbul que hacerlo por la estación de Sirkeci, antigua parada y fonda del famoso "Orient express". Sentado, cerca de la puerta principal, dejaba pasar el tiempo mientras consumía su último cigarrillo del día.